19 de abril de 2013

X


Quedó algo estancado.
Algún silencio ya dicho,
alguna telaraña colgando entre las patas de la mesa,
una que otra sonrisa escurrida por el hueco del inodoro.
Algo hay que no es
se siento pero no es
cierto espectro agazapado en las sombras que despilfarran las cortinas,
cierto pasaje secreto entre la sala y la puerta del baño.
Habrá quedado algo de nosotros tirado
junto con los papelitos y las pelusas debajo de la cama,
habrá escapado de nuestros ojos
algún sendero secreto, alguna cosquilla irrenunciable.

Hay atardeceres cómplices del más cruel de los sentimientos.
Y ante el senil supuesto de que en realidad no haya nada
es que aparecen los buitres a roer los huesos,
a no dejar nada más que algunos huesos
para volver otra noche y otra y así la secuencia constante de sucesividades.
Hay algo
hay algo
de tenue luz, de inconsistencia infinita
que no es
y tampoco será.

7 de abril de 2013

Hay algo que decir


No encuentro otra forma.

Se acabaron las circunferencias, las diagonales.
Los silencios dejaron de existir hace rato,
y las canciones y frases se volvieron invisibles,
tan indiferentes a nosotros, que ni nos rozan.

Se extinguieron algunas oraciones.
Hay párrafos que parecen mordidos por un ratón,
y esos espacios pasan desapercibidos,
ni siquiera el vacío alcanza a rellenarlos por lo menos un poco.

La música se apagó.
Suavemente se fueron destartalando los casettes,
y sin buscar algún tipo de artefacto moderno,
nos sumamos a las masas silenciosas que se ven desde el balcón.

Desertamos los encuentros.
Sin quererlo, nos sumergimos en palabras que no convocan,
en preguntas aisladas, ajenas, alienadas,
peregrinas de algún sueño ya olvidado.

Obligamos a que la suerte nos aceche.
El azar, tan cuestionado por excelencia,
se convirtió en nuestro mediador,
menester de todo lo que nos atañe.

Y lo dejamos así sin recelos.
Sin oposición, sin esfuerzo,
sin el más mínimo de los intentos por buscar algo distinto,
y ahora somos víctimas predilectas de ociosos desvelos.

Hay algo que decir, y está la forma.
Ambigua, casi absurda,
que busca escabullirse por todos los rincones,
pero a pesar de todo esto, sin quererlo nos interpela y nos vomita.

Existe la forma. Y es ésta. 

6 de abril de 2013

Transparencia

Quiero quedarme en vos,
así como lo estoy haciendo ahora.
Quemándote las pupilas, desenredando tu lengua,
insertándome ahí donde se desenvuelve el material del que están hechos los sueños.
Aunque no esté acá, y no haya tristeza.
Esgrimirte los dedos, volatizar tu aura,
renacer en cada sollozo o risa irremediable.
Perdurar y perderme;
congelarme e incendiarte lentamente.
Acostarme a tu lado
sin dejar mi peso sobre tu almohada
y despertarnos sin apuros, sin la misma vida.
Quiero quedarme en vos:
sacudir las noches estrepitosas,
saborear las tristezas, profundizar las sonrisas.
Quiero quedarme dejándote,
aunque sin irme realmente, sin abrir las puertas;
y quedarme en vos sin que lo notes
y después levantarme despacito,
e irme lejos, tanto como lo estoy ahora,
pero dejarte algo irreemplazable,
algo adentro tuyo que te haga eterno. 

3 de abril de 2013

¡Cuidado! Nube suelta


Una nube negra deambula por el medio de las sierras. Al mirar por la ventana del auto, mis ojos no escapan de encontrarla y dar cuenta de su enorme tamaño. Ahora, yo me pregunto, ¿quién será el mal afortunado que yace, con los pies sobre la tierra, debajo de esa nube? Cuántas soledades, cuántos fantasmas, harán falta para llenar de tanta oscuridad tan grande nubarrón; como si fuese una acumulación de pesares, de lamentos que sobrevuelan la atmósfera a poco de ser lluvia. Y pienso en ese ser que de desplaza ahí abajo, queriendo escapar de un destino tan agónico que hasta es materia, y para darse cuenta alcanza con sólo levantar la vista y verlo venir (sin nombrar el peso ahí adentro inmensurable). ¡Pobrecito, si fuese yo aquella persona, no me alcanzarían las agallas para terminar ese día con vida! Girar, correr, lo que sea, y que esté ahí. Que a lo largo del campo busques fijar tu mirada en otro lado, pero sin poder escapar de las sombras que reflejan millones de moléculas sobre tu cabeza.
Y no es quiera parecer pesada, ¡pero deberían haber visto el tamaño de esa nube! Podría intentar describirla, y compararla con los cerros que tenía a mi izquierda, pero tampoco alcanzaría, y teniendo en cuenta mi incapacidad para los números y las certezas, simplemente prefiero decir que la nube era tan grande que alcanzaba para cubrir del sol a un pueblo entero, y revestirlo de una tristeza inmensa; tan opaca, que obligaría a la gente salir de sus casas en busca de un abrazo, y los vecinos llorarían todos agazapados sentados en la vereda, y de golpe hasta las casas envejecerían junto con los niños y los perros.
Tal vez esto pasa seguido y los diarios y noticieros no hablan de ello, y este, en realidad, es el verdadero origen de los ríos, y nunca nadie dijo nada. Y tal vez hoy, sin quererlo siquiera, un arroyo se regocijó con la más triste de las desesperanzas, y ahora entre las piedras descansa el tormento de un solo hombre, o de una sola mujer, o tal vez los dos juntos llorando una muerte o un infortunio.
O tal vez era sólo una nube y abajo sólo un hombre que justo pasaba… Pero no, esas serían demasiadas coincidencias. 

Algún fragmento

... en ese preciso momento en que la grieta del pecho se abre
y, entre mariposas y murciélagos y el humo de los autos,
uno está allá donde las almas no descansan,
y está acá dónde los cuerpos no viven. 

23 de marzo de 2013

IX


Qué lindo verte, che,
sentirte de este modo,
el verde del pasto, tu sonrisa repleta de ternuras.
Qué lindo tenerte
y que seas acá
como yo en vos aunque casi interplanetarios, miles de galaxias de por medio.
Y mirarte y mirarme,
aunque sea con distinto rumbo, y así sucesivamente.
Qué lindo el sonido de tu voz, tu boca
tu pelo al entrecortar el viento,
y tu cabeza tan libre, los sueños, atardeceres.
Mis manos con las tuyas,
mis dedos entrelazando tus poros
aunque sea con tacto perdido,
que a nivel empírico equivalga a todos los valores nulos.
¡Qué lindo todo esto que nos pasa, aunque nada sea!
Y quererte así tan absurdamente,
con las letras, los espacios, los silencios
quererte así sin pelos y explicaciones,
quererte así queriéndote como quien no quiere,
pero en realidad
sólo es un corazón de primavera.

¡Qué lindo sentir esto, che!
Esto,
que no es otra cosa que mi libertad de quererte.

9 de marzo de 2013

Postal de otoño


Me importa poco lo que indique el calendario: el otoño comenzó. No en todos lados, es claro, porque el clima y las horas siguen siendo rehenes de las cláusulas de verano (más en esta siesta tan agobiante que la fiaca y los niveles de humedad son análogos), pero aún así, yo camino por la calle, a la altura de Olmos e Ituzaingó, ¡y es otoño! Las hojas dificultan el paso, los árboles comienzan a desnudarse sin pudor, el sol se esconde tras los edificios. A cualquier hora es otoño, aunque la estación sólo dura cien metros. Y claro, una como yo llega a la esquina, donde el sol vuelve a azotar y el ruido de los autos no descansa, y quiere volver al murmullo de las hojas secas en cada paso, a los troncos quebradizos, listos para ser desnudados por el viento otoñal que en esa cuadra se esconde. Y entonces la esquina: entre la fanfarronería de la ciudad que vuelve a encontrarse en la mirada de uno, se encuentra erguido el mayor de los ejemplares otoñales, un árbol de antaño, que de tantas tristezas comienza a teñir sus hojas en esta fecha, cuando el otoño todavía no piensa ni asomarse. Se impregna en la retina el baile de sus ramas al compás del viento, en sus hojas nace el amarillo como un deseo de libertad, de soltarse marchitas ya hartas de la sustancia nostálgica en la que se encuentran sumergidas. Seguís el camino. Y el paisaje se queda ahí, estancado, conservado como en una foto. Sólo en tus retinas queda un otoño pasajero, que por ser finito lo eternizas en cada paso, y así seguís, buscando con la mirada otro ejemplar que tampoco se corresponda. Y sólo sonreís. Después de esa cuadra, el día es un otoño constante.